sábado, 3 de agosto de 2013

Manos de hada

Esta historia está dedicada a mi madre, a mis hermanos y a mi padre, y a sus respectivas familias. Y por supuesto, a mis hijos. La publiqué por estos días en inglés con el título de "Lady in Red" (Señora vestida de rojo). Entre los comentarios que recibí al publicarla, venía una nota de mis tíos, que me recordaron cómo llamaba Tití a su querida cuñada. Entonces decidí cambiar el título en la traducción, que debo decir, es de la autoría de mi querida tía. Este blog obedece a mi necesidad de compartir mis recuerdos con mi familia y amigos. Sólo me dejo llevar por los recuerdos y mis sentimientos, muy personales. Si alguien cree que le causará un mal rato esta lectura, por favor le pido que siga de largo, pues mi intención no es más que rescatar del olvido la esencia de nuestros seres queridos, para las generaciones venideras. Y a los que les guste, pueden agregar sus comentarios, me darán una gran satisfacción. 

Otra vez estoy haciendo maletas. Cada vez que hago maletas pienso en mamá. Me encantaría tenerla cerca, aunque fuese por teléfono, para preguntarle: "¿Qué tal va esto con esto?" o "¿Qué te parece este vestido para la cena con fulano o mengano?"  A ella le encantaba vestirse, y vestirnos cuando éramos niños. Ella estaba en su salsa con todo lo que tuviera algo que ver con la moda, nunca perdía la elegancia ... fragancias, telas finas, adornos de piel, pequeños y delicados relojes, aritos de perlas. Aún hoy, después de tantos años de extrañarla, vuelvo la cabeza si percibo su perfume por la calle o en el subte—Alfred Sung, Flora, L'Eau par Kenzo en sus últimos años; aunque su favorito de siempre era Arpège, de Lanvin.

Mamá era una persona con brillo propio. Estudió literatura en la Facultad de Filosofía y Letras, y casi se graduó, pero decidió casarse antes, y cuando llegó el primer bebé—quien les habla—que hizo su feliz aparición nueve meses en punto después de la boda, sus estudios pasaron para siempre a un segundo plano, que es un eufemismo para contar lo que realmente sucedió. Mis padres eran muy jóvenes, en la primera mitad de los veinte. He visto las fotos en blanco y negro de su casamiento—ella era muy joven y se ve un poco asustada, delgadísima. A los 21 años, él se ve como lo que era, apenas un niño. Aunque no era tan bonita por esos días, su delicada piel blanca y sus facciones finas enmarcaban sus ojos azules translúcidos. Todo en ella era elegante y frágil. Sus manos, acostumbradas a tocar el piano, eran suaves y frías al tacto. Mantenía sus uñas cuidadas y pintadas de rojo; “Cherries in the Snow” y “Wine with Everything” de Revlon eran sus colores preferidos. Tenía el pelo rubio y sedoso, y se lo arreglaba con suaves rizos alrededor de la cara. A mis hermanos y a mí nos encantaba acariciarlo y enrollárnoslo en los dedos.

Recuerdo bien cada detalle suyo. Miriam Dolores Fernández de Polito. Mi hermosa, simpática y pequeña madre. La recuerdo en la cocina, su coin préféré de la casa. Ella había elegido todos los acabados de la casa que construimos a principios de los ochenta. La cocina, en el centro de la casa, tenía baldosas rojas, una mesada de granito, y en las paredes azulejos blancos con una fila de mayólicas estilo español con una sola flor verde, blanca, y bermellón. La recuerdo andando por la cocina, con su café, y un cigarrillo descansando sobre la mesada o entre sus dedos. Sabía que fumar era muy malo, pero era terca, o demasiado orgullosa para dejarlo. Fumar era su último bastión de rebeldía, en una comunidad y una familia que era tan unida y así "como debe ser".

Quizás ella era "como debe ser"—quizás todo lo contrario. Más que nada, su rebeldía era intelectual. Leía a Baudelaire y a Borges, a Ortega y Gasset y a Pío Baroja, a Hemingway y a Cortázar. Se suponía que tenía que cocinar y ser una buena anfitriona, mantener el hogar impecable y los niños impecables. Y le encantaba todo eso. Le encantaba ser la madre y la esposa perfecta, más que nada en el mundo. Pero siempre se hacía el tiempo para sus cosas—su jardín bordeando la vereda y sus lindas macetas en el patio, sus tejidos, y, de vez en cuando, sus tardes de rendez-vous con su amado piano.

Mamá había estudiado música desde una edad muy temprana. Su profesor de piano, el Maestro Alsina, era, después de su padre, Ramón, uno de sus referentes. Había tomado clases durante casi dos décadas, y aunque él falleció poco después de mi llegada al mundo, he visto su foto por ahí, en algún cajón de recuerdos. En su juventud, Carlos Alsina había viajado a España y cursado estudios de piano en la Academia de Enrique Granados, un músico respetado, el autor de las famosas Goyescas. Le transmitió a mamá sus conocimientos de música y su amor por Albéniz, Manuel de Falla, Pablo Casals, y otros grandes maestros. Ella tocaba con pasión, en el piano Kohner vertical que yo heredé. Cuando tocaba, todo lo demás desaparecía de su radar. Contenía el aliento y entrecerraba los ojos con una mirada ausente. Podíamos gritar y corretear a su lado, perseguir al perro, o hacer cualquier desastre, ella seguía tocando, como si nada.

A papá le encantaba escucharla, especialmente cuando tocaba en reuniones con amigos. El se sentía orgulloso, pues ella lo complacía tocando sus piezas favoritas—en su mayoría del repertorio folklórico, como Coronación del Folklore, Adiós alma mía, entre otros tangos, zambas y canciones. Estas canciones son para nosotros un refugio y fuente inagotable de recuerdos. Para mí, son un tesoro que puedo conjurar en cualquier momento que quiera, gracias a su insistencia en que yo aprendiera también a tocar el piano. A veces encendía un cigarrillo, o traía una taza de café y la apoyaba en el descanso al extremo del teclado. Enseguida se enfocaba de nuevo en la música y el cigarrillo se quedaba allí consumiéndose sólo. En mis años de adolescencia, cuando era estudiante de música, me oía tocar y de vez en cuando se sentaba conmigo al piano. Por supuesto, sabía que me superaba por mucho, y por delicadeza, nunca tocaba las mismas piezas que yo estaba aprendiendo.

También le encantaba cantar y bailar. La recuerdo bailando y riendo con nosotros en la sala de estar, levantando los brazos y haciendo el swing —juntas cantábamos los éxitos del momento, a veces en portugués o en inglés. Amaba los idiomas. De niña había estudiado francés, de hecho murió con el sueño incumplido de caminar por las calles de París, Roma y Madrid. Cuando me casé, y emigré a los EE.UU. a finales de los años 80, se dispuso a estudiar inglés. Sabía que nos visitaría en Nueva York en algún momento, y le encantó ese nuevo reto. Su pronunciación era divertida, un poco extraña, ya que hablaba en inglés ¡con acento francés! Nos visitó en Nueva York, dos veces; la primera cuando Nico estaba por nacer, en 1989 y luego con papá, en 1993, poco después del nacimiento de Sofía. La primera vez “la mami” vino un mes antes de la fecha prevista para el parto. Nos pasamos ese mes entre mantillas y sabanitas, ambas en la "dulce espera". Tejíamos, preparábamos el ajuar, y nos preguntábamos a quién se parecería el bebé. Yo sabía el sexo del bebé desde el segundo trimestre, pero ella me había pedido que no se lo dijese. ¡Imagínense el desafío de mantener semejante secreto! Tenía que referirme siempre “el o la” bebé, aunque estoy segura de que ella intuía que era un varón. ¿Heredaría “el o la”  bebé los ojos azules de mi marido? ¿Sería "el o la” bebé rubio o castaño? ¿Le gustaría jugar al fútbol? Ah, por supuesto, sólo si se trataba de "él"… ¡Cuánto nos reíamos! ¿Le gustaría tocar el piano? No sabíamos ... Sólo una cosa era segura, "él o ella" sería amado, adorado por esta joven abuela. Cuando nació Nicolás, nos maravillamos juntas en el milagro de los pequeños pies, los dedos gorditos, la frágil cabecita, con un mechón de pelo rubio—todo perfecto en “él”.

Mi mamá me enseñó casi todo lo que sé—desde hacer mermelada hasta a cantar y reír, cocinar y planchar y otras tareas domésticas igualmente "importantes". Nos enseñó a amar, con ese inmenso amor que envuelve todo en su velo protector. Nos enseñó a amar la vida, a aceptar sus retos y a saborear los buenos momentos. Una vez le dijo a Gabriel que la vida es como un hilo de estrellas, cada una brillando en su propia perfección, y uno debe ver sólo estos momentos, dejando todo el resto de lado ... No hay punto en el tiempo que sea perfecto, libre de sombras y oscuridad. Pero si mantenemos el rumbo, y nos concentramos sólo en lo bueno, la vida es como un cielo estrellado.

Años atrás la perdimos, después de una breve, pero valiente lucha contra el cáncer. Esos fueron tiempos muy duros. Yo tenía 36 años, y Niky y yo nos estábamos trasladando a Santo Domingo. Todo a mi alrededor se desmoronaba, era un desastre absoluto—estaba como loca, sin consuelo. Todo me recordaba a ella, y a veces era tan doloroso, que no podía ni respirar. No podía borrarme de la vista su cuerpo delgado, sus ojos hundidos y su abdomen hinchado y adolorido. Algunos días sentía que todo me daba vueltas, iba por la vida en piloto automático. Un par de meses después de nuestra llegada a la isla, recibimos una invitación a una fiesta en el Country Club. Niky estaba tratando de animarme y quiso que lo acompañara. Me puse un vestido bonito y me pinté las uñas de rojo, aunque no era entonces mi color habitual, pero pensé que sería bonito para la ocasión. Me puse mis mejores oropeles, los aritos de perlas de mamá y un anillo a juego con la forma de una corola. Una vez en la recepción, me tomé una copa de champán y traté de divertirme. A la vuelta, en el auto, me miré sin querer las manos y de repente, me di cuenta, se veían igualitas a las de mamá, con ese anillo en el anular y las uñas de color rojo brillante. Lloré lágrimas silenciosas que me ayudaron a enjuagar el dolor.

Mi corazón aún llora todos los días por ella. Todos los días veo algo en casa, o en mi propio reflejo en el espejo, que me la recuerda. Está presente en los ojos de color azul claro de mi sobrina y en su pasión por tener todo limpio e impecable, en la risa que suena como una cascada de mi hermano Miguel, en la barbilla de mi hija, en la malicia en sus ojos, en su amor por el francés y los idiomas. Ella aparece sin aviso, en los duraznos en almíbar de Gabriel, cuando siento la Suite Iberia, en el humo del cigarrillo de un extraño. Ella ungió a Nicolas, su amado nieto, con sus historias y cuentos. A él todavía le gusta escuchar un buen cuento. Tejió escarpines, suéteres y mantillas para mis hijos, que luego pasaron a Jero, Lola, Joaquina y Benjamín, los nietos nacidos después de su partida. Ella es a la vez mi orgullo, mi inspiración, la reina de mis recuerdos, el ángel de mi música y mi alegría.

Te amamos, mamá. El año pasado, el 29 de marzo, habrías cumplido 70 años. Con los chicos nos preguntábamos cómo te verías si hubieses llegado a ser viejita. Estuvimos de acuerdo en que serías un poco testaruda, siempre elegante, y en que jamás hubieras perdido tu sofisticación. Serías una abuela maravillosa. Tu jardín seguiría tan bello como siempre; de hecho, los árboles que plantaste han ya crecido. Seguiríamos intentando ser tu orgullo cada día, y compartiendo con vos nuestros problemas y tribulaciones. Con los años, la tristeza ha levantado su velo y recordamos con cariño, y, selectivamente, sólo las cosas buenas. Brillas por siempre en nuestra memoria, mamá, como la más brillante de las estrellas en un cielo nocturno.

Estas son algunas fotos de nuestra familia, de ayer, hoy y algunas entremedio... 



Miki 


Lola


los genes se van pasando...



Gabriel, Miki y Jerónimo


Mirita y Niky, "ese con quien sueña su hija... señora"


Nicolás, tu primer nieto


Sofía, de tal palo, tal astilla





Mis hermanos con sus respectivas amadas


La famiglia oggi, con el papi y Noe



nos enseñaste a estar siempre juntos



tocando La Nochera, en Bodegas Salentein, julio 2012


más nietitos, con Joaquina y Benjamín

2 comentarios:

  1. ¡Qué hermoso retrato, Miriam! Tu descripción fue tan buena, que me pareció verla a "Miriam madre" y escucharla hablar con la vivacidad y dulzura que la caracterizaban. Tuve el placer de conocerla en NY y pasear con ella por el Village, cuando vino para el nacimiento de Nicolás. Y después volverla a ver cuando regresó con el Poli.
    Así se mantiene viva en mi recuerdo. Un abrazo a la familia. Tu amiga, María

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  2. Gracias María por compartir tus recuerdos de la mami. Ella te quería un montón y después de tantos años de haber partido sigue tan viva como siempre. Ahora la idea es que la conozcan los nietos que no la alcanzaron a conocer ni a disfrutar. un beso grandote!

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